Para candidatos y candidatas
(MIGUEL A. ESPINO PERIGAULT )
Don Guillermo Endara, Doña Balbina Herrera, y Don Ricardo Martinelli, candidatos presidenciables, y sus acompañantes de nómina, han expresado gran interés y preocupación personal por la familia panameña y los problemas que la agobian. Los candidatos a diputados deben seguir el ejemplo.
Demuestran conocer la pobreza que sufre, sus causales como el desempleo o incapacitación laboral; la desnutrición y las enfermedades; conocen las penurias en hogares de madres solteras, y el dolor de las que lloran a sus familiares drogadictos, delincuentes o presos; las de los embarazos indeseados y las de jóvenes sin acceso a la educación.
Conocen muy bien que el deficiente transporte público lo padecen padres y madres de familia, niños y jóvenes escolares hijos de familia, y no solamente “usuarios” o “pasajeros”. De igual modo, saben que la inseguridad de las calles amenaza a todas las familias, ricas y pobres, y no a “individuos”; que los problemas sociales, económicos, laborales y de salud, son problemas de familias, y para ellas deben resolverse.
Nuestros candidatos saben todo esto. Saben que la familia está en crisis, y que existen mayores peligros en ciernes, provocados éstos por las políticas anti—vida y anti—familia que promueve el nuevo gobierno norteamericano, embarcado en la globalización del neo—malthusianismo, para reducir el crecimiento de la población mundial —sobre todo de la población pobre— mediante la destrucción de la familia tradicional, con políticas facilitadoras del aborto y la promoción de la “familia” homosexual (la pareja homosexual no procrea).
Aquella destrucción se oculta tras el lenguaje de la “perspectiva de género”, en leyes de salud sexual y reproductiva, como la desechada por la Asamblea; pero cuyos panegiristas amenazan con replantear, junto al agravante político internacional de presentarla como apoyada por la Casa Blanca.
El próximo gobierno sufrirá estas presiones disfrazadas de modernidad; pero absolutamente destructivas de la familia y de los valores morales y éticos en los cuales descansa; valores y principios que constituyen, precisamente, la piedra angular de nuestra cultura y la viabilidad de la familia, fundada ésta en la unión amorosa de un hombre y una mujer.
Los candidatos pueden dialogar con quienes tuvieron la visual y el valor de oponerse al proyecto anti—vida y anti—familia que nuestra Asamblea archivó tras amplios y extendidos debates y consultas. Podrán escuchar a los diputados que rechazaron el proyecto; a los movimientos pro—vida y pro—familia, a las organizaciones cívicas y a los gremios profesionales; a los líderes religiosos, católicos, evangélicos y otros que denunciaron ante la opinión pública el pernicioso documento. También deben escuchar, por cierto, a los defensores de esa ley, los dirigentes de los movimientos de género, que defienden el aborto y la libre educación homosexual a nuestros niños.
Uno de los candidatos alcanzará la Presidencia del país. Otros dos tendrán, cada uno, la importante tarea de ser oposición democrática, vigilante del cumplimiento de las mismas promesas pro—familia que han hecho, todos, en sus campañas. Para defender de esta amenaza a la familia no podrá haber gobierno y oposición, sino un único frente de ética y moralidad en defensa del Bien Común, que descansa en la familia tradicional, que hay que fortalecer, no destruir.
Don Guillermo Endara, Doña Balbina Herrera, y Don Ricardo Martinelli, candidatos presidenciables, y sus acompañantes de nómina, han expresado gran interés y preocupación personal por la familia panameña y los problemas que la agobian. Los candidatos a diputados deben seguir el ejemplo.
Demuestran conocer la pobreza que sufre, sus causales como el desempleo o incapacitación laboral; la desnutrición y las enfermedades; conocen las penurias en hogares de madres solteras, y el dolor de las que lloran a sus familiares drogadictos, delincuentes o presos; las de los embarazos indeseados y las de jóvenes sin acceso a la educación.
Conocen muy bien que el deficiente transporte público lo padecen padres y madres de familia, niños y jóvenes escolares hijos de familia, y no solamente “usuarios” o “pasajeros”. De igual modo, saben que la inseguridad de las calles amenaza a todas las familias, ricas y pobres, y no a “individuos”; que los problemas sociales, económicos, laborales y de salud, son problemas de familias, y para ellas deben resolverse.
Nuestros candidatos saben todo esto. Saben que la familia está en crisis, y que existen mayores peligros en ciernes, provocados éstos por las políticas anti—vida y anti—familia que promueve el nuevo gobierno norteamericano, embarcado en la globalización del neo—malthusianismo, para reducir el crecimiento de la población mundial —sobre todo de la población pobre— mediante la destrucción de la familia tradicional, con políticas facilitadoras del aborto y la promoción de la “familia” homosexual (la pareja homosexual no procrea).
Aquella destrucción se oculta tras el lenguaje de la “perspectiva de género”, en leyes de salud sexual y reproductiva, como la desechada por la Asamblea; pero cuyos panegiristas amenazan con replantear, junto al agravante político internacional de presentarla como apoyada por la Casa Blanca.
El próximo gobierno sufrirá estas presiones disfrazadas de modernidad; pero absolutamente destructivas de la familia y de los valores morales y éticos en los cuales descansa; valores y principios que constituyen, precisamente, la piedra angular de nuestra cultura y la viabilidad de la familia, fundada ésta en la unión amorosa de un hombre y una mujer.
Los candidatos pueden dialogar con quienes tuvieron la visual y el valor de oponerse al proyecto anti—vida y anti—familia que nuestra Asamblea archivó tras amplios y extendidos debates y consultas. Podrán escuchar a los diputados que rechazaron el proyecto; a los movimientos pro—vida y pro—familia, a las organizaciones cívicas y a los gremios profesionales; a los líderes religiosos, católicos, evangélicos y otros que denunciaron ante la opinión pública el pernicioso documento. También deben escuchar, por cierto, a los defensores de esa ley, los dirigentes de los movimientos de género, que defienden el aborto y la libre educación homosexual a nuestros niños.
Uno de los candidatos alcanzará la Presidencia del país. Otros dos tendrán, cada uno, la importante tarea de ser oposición democrática, vigilante del cumplimiento de las mismas promesas pro—familia que han hecho, todos, en sus campañas. Para defender de esta amenaza a la familia no podrá haber gobierno y oposición, sino un único frente de ética y moralidad en defensa del Bien Común, que descansa en la familia tradicional, que hay que fortalecer, no destruir.
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